Seminario de la Asunción
 
 
 
 
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Lectio Inauguralis

El lunes 12 de enero 2009, se llevó a cabo, en las instalaciones del Seminario Mayor de la Asunción, la lección inaugural. Para esta magna actividad tuvimos el honor de presenciar una eximia disertación de Monseñor Mario Molina, obispo del Quiché. Esta reflexión versó sobre el tema: La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia. En sintonía con el Magisterio de la Iglesia y con el reciente sínodo de los obispos, Monseñor, nos revela la profundidad de su pensamiento y sus palabras aún resuenan en nuestros corazones: “el seminarista debe tener como fuente y fundamento de su vida la Palabra de Dios”.

A continuación presentamos una síntesis de la clase magistral que tuvo a bien comunicarnos Mons. Molina.

Dios tiene una Palabra.

Dios posee una Palabra. Todo lo creado, lo visible y lo invisible, tienen su fundamento y su principio en la Palabra. Existe pues, una historia común. Dios, es además, capaz de comunicarse, y por lo tanto, tiene un interlocutor. En todo diálogo se da una comunión entre quién habla y quien escucha. Toda persona que habla dona algo de sí mismo al otro, poseyendo aún lo que dona. Ahora bien, Dios se entrega al otro, sin dejar de ser Dios. Dios es accesible al hombre.

Palabra creadora

Esta Palabra divina es además creadora, es luz y vida. Creadora, ya que afirmamos que todo proviene de Dios. Dios crea de la nada y llena el vacío con seres con sentido. Estos seres no son emanaciones de Dios, sino que provienen de Él, sin ser éstos Dios. Ya que son creados por la Palabra, son seres inteligibles y podemos entenderlos. El cosmos tiene pues un orden, una armonía, una belleza. La creación misma da testimonio de Dios, y su Palabra es revelada en ella. El hombre criatura hecha a imagen y semejanza al creador, al Logos, puede así pensar, entender, relacionarse e incluso habar con Dios.

La Palabra es, igualmente, luz y vida en la medida que transmite el conocimiento de Dios, iluminando la mente y la existencia, y dotando de sentido a la vida. Este conocimiento no sólo se refiere a una comprensión meramente intelectual sino a la comunión de fe y amor.

La Palabra se hizo carne

Dios salva hablando. Dios quiere darse a conocer de manera plena, concreta, personal e histórica. Para ello la Palabra se hizo carne –hombre-; con lo que nos revela quién y cómo es Dios. Dios tiene pues, su autorrevelación sustancial en el Hijo que se da en la historia. De esta manera, la Palabra no es únicamente una locución, sino que se despliega a lo largo de la historia en acontecimientos y palabras, que tienen su máxima expresión en Jesús. Las palabras anuncian y explican los acontecimientos, mientras que estos últimos hacen creíble las palabras.

Esto tiene una verdad y una enseñanza para el hombre: éste debe responder a Dios con palabras y obras. La fe no es sólo un acto intelectual y volitivo, sino la manera de plantease ante la vida y de tomar elecciones coherentes y consecuentes con lo que se cree.

Palabra viva y la Palabra escrita

La Palabra se da en el contexto de una comunidad y para una comunidad. Jesús es la promesa de Dios para Israel. Y sus discípulos son sus testigos, custodios y transmisores de esta Palabra hecha carne. De este modo, los libros de la Biblia fueron escritos para que la fe no se desvirtuara y permaneciera íntegra. La Palabra escrita es pues, fijación de la Palabra viva. De aquí surge el gran reto actual: volver a darle vida a la palabra escrita. Esa palabra es viva cuando es anunciada, explicada, celebrada y vivida. La Iglesia nace de la Palabra viva, de Jesús de Nazaret; y no de la Biblia, pues esta última es posterior a la Iglesia.

La Palabra en la vida de los seminaristas

La Palabra de Dios debe ser fuente y fundamento de la vida del seminarista. El seminarista debe tener una familiaridad con Ella y debe hacer de la Palabra el alma de su existir. Todo candidato a la vida sacerdotal se debe esforzar en ser seguidor del Maestro Jesucristo, la Palabra hecha carne. El seminarista es partícipe de la fe de la Iglesia; debe empeñarse a vivir santamente, y así, ser testigo de la Palabra de Dios.

Para poder llegar a tales ideales es apremiante que el seminarista conozca la Palabra escrita, la medite y que ésta cuestione e interpele su vida. Para ello posee grandes medios ya que la estudia con profundidad en sus cursos anuales, la medita y la reflexiona, se le anuncia y la celebra en la Liturgia, ora con ella por medio de la “Lectio Divina” y puede ponerla en práctica en su vida comunitaria.

Es así que Mons. Molina concluyó su lección, exhortándonos a no tener miedo de aventurarnos en el conocimiento de la Palabra. Palabra que es creadora, que ilumina, que es vida y vivificadora, que es la Roca firme donde se fundamenta nuestra esperanza.

Por Omar Carrera(2do. Teología)

 
     
 
 
 
 
       
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